el blog de reseñas de Andrés Accorsi

miércoles, 4 de marzo de 2015

04/ 03: HELLBOY: THE MIDNIGHT CIRCUS

En los ´80, salían los Annuals. En los ´90, los prestige. Hoy, para venderte una aventura de un personaje conocido que no engancha con lo que le está sucediendo en su serie regular, o que propone una mirada más o menos alejada de la que impuso su autor más conocido, te tiran por la cabeza un hardcover de u$ 15, con 49 páginas de historieta y 6-7-8 páginas de relleno. Te podés resistir, claro. Hasta que te dicen que el personaje es Hellboy y los autores son Mike Mignola y Duncan Fegredo. Y ahí vas al muere. ¿Qué opción te queda? Tener culo y conseguirlo en oferta, que es lo que me pasó a mí, por eso dejé las elucubraciones de lado y dije “adentro”.
¿Con qué me encontré? Con una historia bastante menor, bastante prescindible. Entretenida, con una buena dosis de cheap thrills, con menos machaca que la aventura promedio de Hellboy (porque acá nuestro demonio favorito es un pendejito de 9 o 10 años que no está ni entrenado ni desarrolado para rebolear enemigos por el aire), pero sin la fuerza de los grandes relatos que, cada tanto, pela Mignola. De hecho, si el propio Mignola se hubiese propuesto dibujar The Midnight Circus, en ves de 49 páginas tendría como mucho 16, porque es un autor que no se copa estirando, que no tiene problema en armar páginas de 10 ó 12 viñetas y que además sabe que su mejor recurso para expandir las historias es la machaca, y acá no daba.
El argumento, livianito, casi etéreo, nos muestra a este Hellboy borreguito en la senda de Pinocchio: se escapa de su “casa”, se fuma su primer pucho y se termina por meter en un lindo despelote fascinado por la magia del circo. Un circo dark, tenebroso, obviamente sobrenatural, poblado por criaturas espectrales, freaks y demonios. ¿Querías un villano un poco más complejo, o más trabajado? Olvidate. Acá hay apenitas una punta de caracterización para un par de estos monstruos y el resto está ahí sólo para garantizar el impacto. Lo más logrado por parte del guión es el constante homenaje a Pinocchio, los constantes paralelismos que traza Mignola entre su creación y la de Carlo Collodi. Con el famoso cuento como base, Mignola arma un juego entre realidad y alucinación que tiene sus momentos tensos, pero adolesce de una cierta falta de profundidad. Además, al ser una historia del pasado, sabés que (por más que Trevor Bruttenholm se asuste) a Hellboy no le va a pasar nada grave.
Nombraba recién el juego entre realidad y alucinación y de ese contraste sale el principal atractivo de este libro: ver dibujar a Duncan Fegredo no en uno, sino en dos estilos distintos. El británico subraya desde el grafismo estas idas y vueltas entre los dos planos de “realidad” y logra un efecto absolutamente cautivante, por supuesto resaltado por la(s) paleta(s) mágica(s) del maestro Dave Stewart, que acá realiza un trabajo sublime. Además, como no tiene que dibujar al Hellboy adulto, Fregredo se anima a despegarse un poquito más de la estética de Mignola y el resultado es una obra que visualmente se parece mucho más a otros trabajos de Fegredo que a otras sagas de Hellboy. Bah… la verdad es que no recuerdo obras de Fegredo dibujadas al nivel que pela el ídolo en estas 49 páginas. Esto es magia en estado puro, una imagen alucinante atrás de otra, con muchísimo trabajo en las expresiones faciales, en los fondos, con una claridad diáfana en la narrativa, con muchos recursos para darle una identidad gráfica propia a los flashbacks… Si alguna vez pensaste que en sus episodios anteriores de Hellboy la dupla Fegredo-Stewart había alcanzado su techo, acá el techo vuelve a subir, mientras nuestras mandíbulas se caen, rebotan contra el piso, se reacomodan y se vuelven a caer.
Si comprás comics por los dibujos, esto es fundamental, de una. Si sos muy fan de Hellboy y lo seguís a todas partes, obvio que también lo tenés que tener. Si sos barrabrava de Fegredo, ni hablar. Y si no, compralo sólo si lo ves barato. The Midnight Circus es un producto digno, respetuoso, al que no dudo que los autores le pusieron amor y dedicación, pero tampoco es de esas obras que te cambian la vida, ni mucho menos.

martes, 3 de marzo de 2015

03/ 03: MISTERIOS DE CUARTO CERRADO

La verdad es que este subgénero del cuento policial basado en crímenes que se cometen en una habitación cerrada de la que supuestamente nadie puede entrar ni salir (onda el baño del fiscal de Puerto Madero) no me emociona en lo más mínimo. Me parece un artificio muy evidente, casi una canchereada por parte de los escritores. Canchereadas que ni siquiera salen bien, porque muchas veces la resolución es chotísima, o tramposa, o sumamente predecible. Esta vez, sin embargo, se encargó de seleccionar y adaptar los cuentos a la historieta el maestro uruguayo (aunque nacido en México) Rodolfo Santullo, y además juntó un dream team de dibujantes que logró con creces poner a este libro en la pila de los irresistibles.
Una vez leído el libro, me parece que, de las ocho historias que adaptó Santullo, me gustaron con suerte dos. Y toleré mínimamente a un par más porque están bien narradas, no por los argumentos. Veamos…
La Carta Robada, de Edgar Allan Poe, no puede ser más obvia. Nueve páginas para contar eso es un disparate, se podría haber hecho en cuatro. Menos mal que el dibujo de Oscar Capristo es excelente, con unas composiciones exquisitas y un laburo monumental en la aplicación de los grises en el photoshop.
El Jorobado, de Arthur Conan Doyle, está bastante bien. Sobre todo porque es el primero de tres o cuatro relatos que se resuelven de modo muy parecido: con la aparición de un animal capaz de meterse en lugares que para un ser humano serían imposibles. El dibujo de Lisandro Estherren, muy jugado a los climas, es una verdadera maravilla. Quiero ver más trabajos suyos en ese estilo.
Otra de Conan Doyle es La Banda de Lunares, también muy estirada y con el mismo final que la anterior: de nuevo un animalito entra y sale de donde nadie podía entrar ni salir. Hay un personaje muy interesante (el Dr. Roylott) pero la historia es floja. El dibujo, a cargo de Juan Manuel Tumburús, aporta onda, dinamismo y algún guiño al gran Sean Murphy.
El Hombre Invisible, del inmensamente grosso Gilbert K. Chesterton es otra historia resuelta con trampa. El planteo es interesante, pero el final parece una tomadura de pelo. Y me gustó mucho el dibujo de Kwaichang Kráneo, más cargado, con más negro y con fondos más laburados que en otros trabajos suyos.
La otra de Chesterton, La Forma Equívoca, tiene un misterio muy bien armado, complejo, lindo… y también se cae en la resolución, que rifa el verosímil construído en las primeras páginas. Gran trabajo en la faz gráfica de Matías Bergara, que prueba cosas nuevas con el claroscuro y se luce aplicando tramas mecánicas.
El Problema de la Celda Trece, de Jacques Futrelle, te engancha con el planteo y con el protagonista, un personaje muy interesante. Y de nuevo, el final es una fumariola frutihortícola que derrumba el clima de misterio y casi parece una joda. El dibujo de Roberto Viacava es muy sobrio, sin grises, con muchos logros en la narrativa.
Una Cama Terriblemente Extraña, de Wilkie Collins, repite la fórmula: planteo y protagonista muy atractivos y una resolución absurda, casi payasesca. Por suerte en el medio tiene esa secuencia alucinante del juego de cartas, y cuenta con un Juan Ferreyra (hoy consagradísimo en EEUU) que sale a matar desde la primera viñeta hasta la última. Soberbio trabajo de Ferreyra, tanto en la narrativa como en el grafismo, muy bien apoyado con la aplicación de los grises.
Y terminamos con Los Crímenes de la Rue Morgue, otro clásico de Poe. Me acuerdo de haber leído el cuento y más de una adaptación al comic… y creo que nunca se me hizo tan soso y predecible como esta vez. El ritmo que le da Santullo al relato está bueno, pero lo que cuenta es tan obvio que no me llegó a atrapar. De nuevo, se salva por los dibujos de Leandro Fernández (también autor de la portada), que son una fiesta para los ojos. Un manejo de los climas, un claroscuro pasado de rosca, un expresionismo acertadísimo… una bestia, bah.
En fin, si te gustan este tipo de historias ambientadas en la Inglaterra decimonónica, con detectives guacho-pija que resuelven casos complejísimos sin despeinarse, es muy probable que esto te vuelva loco. A mí, que esa temática no me engancha en lo más mínimo, Misterios de Cuarto Cerrado me sirvió para disfrutar de los dibujos de ocho artistas a los que admiro, todos en un nivel formidable. Y además me da pie para recomendar (a los que además de comic leen literatura) The Man Who Was Thursday, una novela de Chesterton demasiado buena para ser real…

lunes, 2 de marzo de 2015

02/ 03: A MAQUINA DO TEMPO

Mirá cómo una boludez (que no se le ocurre a cualquiera, pero no deja de ser una boludez) hace que el típico libro de rejunte de obra dispersa de un autor X cobre un sentido y hasta una identidad más copada. A algún genio se le ocurrió reeditar un montón de historias cortas de Adao Iturrusgarai (el brasilero radicado en Argentina) realizadas entre 1983 y 2013… de adelante para atrás. O sea, retrocediendo, como en un viaje al pasado. El libro arranca con una historieta de 2013 y termina con una 30 años anterior. El efecto es muy raro, porque invita al lector a realizar el camino inverso al que realizó Adao, desde su presente como autor consagrado hacia sus inicios como emergente del fértil under brazuca de los ´80.
Aunque, para ser justos, la evolución (para atrás) del estilo de Iturrusgarai no es tan marcada ni tan evidente como uno podría suponer. La historieta de 1983 no es tan distinta, ni en temática ni en estética, de la de 2013. Son más las continuidades que las rupturas, lo cual habla de la coherencia del autor consigo mismo y del muy buen nivel que ya tenía cuando le tocó dar sus primeros pasos. En el medio hay momentos más raros, en los que Adao amaga con agarrar para otro lado, y eso está muy bien. La página fechada en 1986, por ejemplo, nos muestra al autor en una busqueda que lo aleja de Georges Wolinski (su referente natural) y lo acerca a Philippe Vuillemin. En las páginas de 1989, Adao parece transformarse en un autor de El Víbora, con cositas de Miguel Gallardo o Bartolomé Seguí. En las páginas de 1997 y 2001 vemos la versión más limpita, más “careta” del estilo del autor, algo que me había llamado mucho la atención en la reseña del 02/04/14. En 2005, lo vemos coquetear con el minimalismo más extremo en la brillante Drink Fatal. Y de ahí en más, pueden variar las técnicas de entintado, o de coloreado, pero es básicamente el Adao Iturrusgarai que nos conquistó a todos con su onda visceral y desfachatada.
Además de Drink Fatal, la antología ofrece varias historias más realmente notables. Moscas (2013) es una maravilla, que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas. Son tres páginas fundamentales para entender… todo. Timoteo o Timido (2011) es un muy lindo ejercicio narrativo, más experimental que cómico. Otro ejercicio muy interesante es la página sin título (y sin textos) de 2009, la del tipo que se agranda hasta abandonar el planeta. Del mismo año, O Contorno de Gregório Sancha es una muy buena historia, bizarra pero profunda, con bastante contenido como para pensar. Y también de 2009 y también sin textos, me encantó Love Story, que aparentemente es un “cover” de una historieta de Wolinski.
De 2008 me encantaron la breve pero demoledora Já Mentiu Hoje? y la desopilante O Vendedor de Respostas, que me parece que la leí hace unos años en la Fierro. De 2007, me reí mucho con Morte no Horario de Verao, una gran idea muy bien desarrollada. Me sorprendió muy gratamente el final de Festa a Fantasía (2006). Y me gustaron algunos (no todos) los episodios de Stronzata Galattica. Y ya mucho más atrás, me reí mucho con las tiras de O Fim Dos Super-Herois (1990), con chistes de exquisita mala leche. Y hay muchos chistes más muy graciosos, de pijas, tetas, borracheras, drogas y boludeces varias. Los tests tipo “¿Cuánto te va a durar el enamoramiento?” no son muy originales (los hizo durante mil años Matt Groening en Life in Hell) pero están muy bien resueltos.
También hay un par de historias cortas realizadas en colaboración: la que dibuja Adao con guión de Verde se me hizo muy larga, y la que escribe para que dibuje el maestro Laerte va muy rápido, está muy comprimida, de modo que no se llega a establecer bien quiénes son los personajes y cuál es el conflicto.
Si sos fan de Iturrusgarai, no lo dudes: pedile a alguien que viaje a Brasil que te traiga esta joya, muy bien editada por Zarabatana. Y si no lo conocés, acá te vas a encontrar con un abanderado del Humor Sin Barreras, que casi siempre renuncia al virtuosismo gráfico para irse al carajo con las ideas, con los diálogos e incluso con situaciones de la vida real que Adao reinterpreta para llevarlas al extremo del delirio, del descontrol y –obviamente- de la comicidad. Muito prazer.

domingo, 1 de marzo de 2015

01/ 03: LOVELESS Vol.1

Las ventas de la Distri durante Febrero fueron bastante insignificantes, con lo cual no da para armar un ranking más o menos serio. Haremos un Febrero + Marzo más adelante, y aprovechamos la entrada de hoy para avanzar con las reseñas.
Esta es una serie de Vertigo a la que le fue bastante mal y terminó cancelada luego de apenas 24 episodios. Una pena, porque en todo momento se nota que Brian Azzarello estaba colocando los cimientos de algo grande, algo ambicioso, probablemente pensada (como American Vampire) para abarcar muchas décadas en la historia de los EEUU. Por ahora, este primer TPB (el único tramo de Loveless que había leído en su momento en revistitas) se queda todo el tiempo en el mismo momento, un par de años después del fin de la Guerra de Secesión. Felizmente, esa etapa histórica nutre a Azzarello de una buena variedad de conflictos, como para tejer una primera parte de la historia rica en tensiones, aunque por ahí con poca acción.
Este tramo se centra en Wes Cutter, un tipo duro y honesto que peleó en la guerra para el Sur, y tras la derrota, se decide a regresar al pueblito de Blackwater, donde se va a encontrar con las cosas muy cambiadas. Cutter va a tener que lidiar no sólo con haber perdido la guerra, sino con haber perdido a su mujer, haberse distanciado de su hermano (que pinta para ser un villano importante) y tener su tierra ocupada por el ejército vencedor, que no ve con buenos ojos su regreso a Blackwater. Igual, algo va a inventar para quedarse en el pueblo y empezar a saldar cuentas que le quedaron pendientes.
O sea que está todo dado para que se genere un lindo clima de rosca política, sumado a un drama familiar, una historia de amor, las secuelas de las atrocidades cometidas por uno y otro bando durante la guerra, y un tema con mucho peso en el EEUU de aquellos años: la reciente libertad de los esclavos negros, que ahora buscan insertarse en una sociedad que (sobre todo en el Sur) no está muy conforme con el nuevo status quo. Uno de estos ex-esclavos, Atticus, está muy bien desarrollado por Azzarello y también amenaza con convertirse en un personaje relevante en el contexto global de la saga.
¿Por qué no me sorprende que Loveless no haya sido un hitazo a la par de 100 Bullets, por ejemplo? Porque me parece que arranca a un ritmo demasiado pachorro, le falta impacto. Azzarello muestra un par de escenas jodidas en las primeras páginas, pero no se explica sino hasta mucho después en qué afectan a los personajes principales. Y además hay muchísimos personajes, demasiados. Enseguida cobra preponderancia Wes Cutter, pero a su alrededor se aglutina un elenco de secundarios muy nutrido, y son pocos aquellos en los que Azzarello llega a profundizar. El resto se convierte en un cúmulo de Juan Carlos Nadie con los que el lector nunca logra empatizar y apenas si alcanza a diferenciarlos entre sí. Obviamente eso se puede corregir sin necesidad de hacer milagros a lo largo de los futuros episodios, pero me imagino que, en el momento del mes-a-mes, debe haber ahuyentado a más de un lector.
Lo que, por el contrario, funciona como un gancho irresistible, es el dibujo del maestro rosarino Marcelo Frusín, que ya había formado dupla con Azzarello en unos cuantos episodios de Hellblazer. Como todo comic ambientado en las agrestes planicies cuasi-rurales del EEUU del Siglo XIX, Loveless le brinda a Frusín la posibilidad de dibujar muchos espacios abiertos y pocos fondos. Por eso, en las exiguas escenas en las que la acción se traslada a las callecitas de Blackwater o al interior de algún edificio, el dibujante deja la vida en cada fondo. Siempre subrayo la cuota extra de virtuosismo que pela Frusín cada vez que tiene que dibujar animales, y acá me encontré con caballos y perros gloriosos. Quiero más bichos en los próximos tomos. Pero lo más notable es lo que hace Marcelo a la hora de crear climas (apoyado por el color de Patricia Mulvihill) y sobre todo a la hora de plantear juegos narrativos que tienen que ver con cosas que suceden fuera de cuadro, con la elección de ángulos para sorprender al lector, con la integración de los flashbacks a las viñetas del presente, o con el armado de montajes paralelos como el de las primeras dos páginas del quinto episodio. Frusín no se va a quedar hasta el final de Loveless, pero en este primer tramo no falta nunca y deja todo.
Por temática, por ambientación, incluso por el tono, entiendo que Loveless pueda no ser una lectura prioritaria para el típico fan de Vertigo. Pero si sos fan de Azzarello o de Frusín, te la recomiendo igual, porque acá los dos animalitos salieron a dar lo mejor, a innovar y a meterse con temas que la historieta (especialmente ell mainstream yanki) rara vez aborda.

sábado, 28 de febrero de 2015

28/ 02: ZERO POINT

Esto es algo que en nuestro país se hace poco, que es lo que yo llamo “historieta sin documentos”. Zero Point no da el más mínimo indicio de haber sido ideada y dibujada por un autor argentino. Está escrita en neutro y ambientada en una ciudad aparentemente yanki a la que jamás se menciona. No hay “argentinadas” en ningún lado: ni en los diálogos, ni en la ambientación, ni en la trama, que es un clásico thriller de asesinos a sueldo, mafias y canas corruptos que podría haber sido tranquilamente producido en EEUU, Japón, Brasil o cualquier país europeo.
Visualmente, lo que hace Agustín Graham Nakamura tampoco se parece en nada al típico comic argentino. Agustín vivió varios años en Japón (país donde nació su madre), y estudió manga y dirección de animación. Eso se ve con toda claridad en este trabajo, que tiene una estética muy cercana a la del manga, mucho más que cualquier otra historieta de autores locales editada hasta el momento en Argentina. Ojo: no estoy diciendo que “es un manga”. Está narrado de izquierda a derecha, está hecho a un ritmo muy lento (Nakamura tardó años en realizar menos de 190 páginas) y casi sin asistentes, apenas con la colaboración de Ramón Bunge, encargado de aplicar las tramas mecánicas.
Pero la impronta japonesa está y está muy bien lograda. Las recién mencionadas tramas mecánicas están perfectas, las líneas cinéticas abundan y están magníficamente usadas, hay ángulos típicos del manga, trucos narrativos alucinantes que rara vez se ven en el comic occidental (¡esa secuencia toda narrada en cámara subjetiva!), mucho énfasis en los silencios, escenas trepidantes de altísimo impacto narradas sin diálogos ni onomatopeyas, y el típico contraste entre edificios, armas y vehículos muy realistas y figuras humanas mucho más simples, en las que se ve el amor de Nakamura por autores como Naoki Urasawa y Katsuhiro Otomo, entre otros. También en algunos rostros hay cositas menos japonesas y más yankis, especialmente en los personajes femeninos. Y lo más importante: todo está muy, muy bien dibujado. En poquísimas viñetas, Nakamura te mete adentro de su universo, te seduce, te convence de que todo es real y te lleva de un sacudón a otro a fuerza de una faz gráfica contundente, sin fisuras.
Por supuesto, todo esto no alcanzaría para hablar bien de Zero Point si no estuviera respaldado por un buen guión. Y felizmente, el guión está buenísimo. Es complejo, pega giros impredecibles, no se rompe nunca el verosímil, no juega al impacto por el impacto mismo, y hasta se anima a saltar al vacío en el desarrollo de un personaje clave (¿o son dos?). El pase de manos que hace Agustín sobre el final de la obra, redefine a un personaje secundario (Crow, el mejor diseñado de todo el elenco) y abre toda una nueva perspectiva acerca de todo lo que habíamos leído hasta ese punto. Ese es un golpe maestro, no parece una idea de un autor que está forcejeando con su ópera prima.
Entre una cosa y otra, Zero Point resulta una lectura atrapante, muy intensa. No le pidas mucho más que un rato de entretenimiento, porque eso es lo que se planteó Agustín Nakamura como meta: entretener con una historia fuerte, basada en el ritmo y en los momentos extremos en los que estallan las peleas, las persecuciones, los tiros y las explosiones. Si a eso le sumamos una profundidad asombrosa en algunos personajes, buenos diálogos, un garche muy hot y giros argumentales inesperados, estamos en condiciones de afirmar que las aspiraciones del autor se cumplieron con creces.
A la historieta argentina le hacen falta más obras como Zero Point, más obras que –por estética, más que por temática- puedan resultarle irresistibles a los fans del manga que ni en pedo te tocan una historieta de autores locales… y que a la vez no subestime ni a este grupo de lectores ni a los otros. Agustín Graham Nakamura, un ronin del comic y la animación hoy radicado en Brasil, frotó la lámpara y logró con esta obra convocar a lectores de todos los palos, generar un éxito de ventas muy notable y dejarnos cebados a muchos de los críticos más exigentes, que hoy nos preguntamos cuándo carajo sale su próxima novela gráfica, para comprarla de una.

viernes, 27 de febrero de 2015

27/ 02: VALERIAN Vol.5

Venía leyendo los álbumes de Valérian de a uno, pero bueno, pintó muy barato este mega-tomo de Norma que trae tres álbumes juntos y no lo pude evitar. Por suerte, la historieta de Pierre Christin y Jean-Claude Mézieres se caracteriza por su ritmo ágil, con lo cual clavarme tres álbumes en un día no resultó un sacrificio mayúsculo ni mucho menos. Este hardcover trae los episodios 13, 14 y 15 de esta mítica serie, que pertenecen a la época en la que Valérian deja de serializarse en la revista Pilote y empieza a salir directamente en álbumes, de modo bastante espaciado.
La primera aventura de este tomo es Sur les Frontiéres, de 1988, que originalmente se publicó serializada y en blanco y negro en el diario France Soir. Este es el peor guión que escribió Christin para la saga de Valérian y probablemente en toda su carrera. El guionista presenta a varios personajes nuevos, empieza a armar un conflicto grosso, hace crecer la tensión, mata a uno de los personajes y revela al otro como un villano zarpado con un plan ambicioso y fatal, pone a los héroes en acción para intentar frenarlo, cuando la cosa ya está al borde de la hecatombe llega el enfrentamiento entre el villano, Valérian y Laureline… y ahí se desinfla totalmente la historia. De las 62 páginas, 55 son un build-up hacia una lucha que promete ser definitiva. Sin embargo, en la página 56, todo el espesor dramático, todo el conflicto se desvanece de un modo que torna totalmente irrelevantes a todas las peripecias, peligros, marchas y contramarchas que dieron buenos y malos a lo largo de casi toda la aventura. Un bajón al que sólo levantan esos toques de caracterización magistrales que Christin le mete todo el tiempo a Valérian y Laureline y que los hace tan reales y tan queribles.
Vamos con Les Armes Vivants, aparecida directamente en álbum en 1990. Acá los autores vuelven al formato de 54 páginas y el guión levanta un poco. De nuevo, Christin repite el truco de presentar a varios personajes nuevos y repartir mucho el protagonismo entre ellos y los héroes “titulares” de la serie. Y le sale bien. Son personajes atractivos, que rápidamente generan una muy buena química entre sí y con Valérian y Laureline. Al final, resulta no haber “malos”: los buenos quedan atrapados en medio de un conflicto bélico ancestral que amenaza con no resolverse jamás, y el guionista lo usa para bajar línea acerca de la carrera armamentista y lo poco creíbles que suenan los discursos de los líderes de las grandes potencias cuando hablan de ponerle fin a las guerras. El final es bastante poco verosímil, como si Christin hiciera “una de más” en su afán de que estos nuevos personajes terminen bien y le queden a mano por si los necesita para más adelante; pero bueno, al lado del final de Sur les Frontiéres, este es brillante.
Cuatro años después de Les Armes… aparece Les Cercles du Pouvoir, lejos el mejor de los tres álbumes que integran este integral (cuac!). Esta es una aventura en todo su esplendor, repleta de persecuciones, peleas, espionaje, investigación al estilo del hard boiled, traiciones, escenas de comedia sumamente efectivas y revelaciones shockeantes. Acá reaparecen varios personajes del álbum Les Spectres d´Inverloch (reseñado el 28/01/13) y está todo ambientado en el hiper-corrupto planeta Rubanis. Christin se prodiga (y se divierte) en la descripción de esta extraña sociedad (con más de un guiño a la nuestra) y logra que todos los detalles que nos resultan atractivos en esa descripción, tengan peso a la hora de la acción, de la resolución de la trama. El final tiene una resonancia rara con el de The Wizard of Oz y está muy bien. Los personajes nuevos también tienen mucha onda y no estaría mal volver a verlos, especialmente a la villana Na-Zultra.
Este último episodio es el único en el que se lo nota a Mézieres un poquito por debajo de su mejor nivel. El dibujo arranca muy arriba, con Mézieres realmente prendido fuego, tirando magia en las expresiones faciales, en la plasticidad de los cuerpos, y obviamente en la creación de paisajes, naves y seres inimaginables. El primer tramo del integral, que transcurre mayoritariamente en la Tierra del presente, nos lo muestra también muy afilado para documentarse y mostrarnos lugares perfectamente reconocibles de nuestro planeta. En el segundo tramo, Mézieres deja la vida en las escenas de combates multitudinarios de miles contra miles. Y en el tercero, parece gastar todos los cartuchos en dos o tres escenas muy grossas y al resto prestarle menos atención. Esto se nota especialmente en los primeros planos, que a menudo parecen apresurados, descuidados, dibujados “como para zafar”. Convengamos en que Mézieres, al 70% de lo que puede dar, también es una bestia implacable. Pero uno es un rompebolas que lo quiere todo el tiempo al 100%.
Y me faltarían dos de estos masacotes de 190 páginas para completar todo Valérian. Deben valer un huevo y la cáscara del otro, pero me gusta la edición, las traducciones son muy buenas y son la forma más práctica de capturar los seis álbumes que no tengo y jamás leí de esta serie que tanto hizo por expandir los límites de la ciencia-ficción.

jueves, 26 de febrero de 2015

26/ 02: FLOYD FARLAND, CITIZEN OF THE FUTURE

¿Alguna vez te preguntaste qué hizo Chris Ware antes de inventar Acme Novelty Library? Yo no. Pero me encontré de casualidad con este librito y me pareció interesante, por eso lo capturé. Se trata de una historieta que Ware hizo a los 19 años para un periódico escolar, reversionada para esta edición a cargo de Eclipse, que salió en 1988, cuando el autor tenía apenas 21 años.
Esto es MUY loco, porque no se parece absolutamente en nada a los trabajos más conocidos de Ware. El formato es el del típico comic-book, es en blanco y negro, y la estética no se parece para nada a la que vimos a partir de los ´90 en las “aventuras” de Jimmy Corrigan y demás. Olvidate de ese estilo puntilloso, de línea clara generosa en detalles y pensada para ser complementada con el color: Acá Ware trabaja con un claroscuro extremo, binario, en el que ni siquiera hay lugar para la línea negra. Todo es mancha o espacio en blanco. El resultado es por un lado impactante y por el otro muy raro, muy experimental. Es algo que por ahí se podría haber visto en El Víbora, en la RAW, o en alguna otra publicación de impronta vanguardista.
De los trucos que ya le conocía a Ware, el único que se ve acá es el de controlar milimétricamente el tempo narrativo mediante el armado de secuencias compuestas por muchas viñetas muy pequeñas, idénticas o bastante parecidas entre sí. Acá se juega con páginas de hasta 19 cuadros, algo muy infrecuente en el formato de comic-book. Y ofrece muchísimas páginas con más de 15 cuadros. Eso hace que estas 41 páginas se lean muy lento, en el tiempo en el que normalmente leemos 64 u 80. Como el dibujo es muy extremo, una vez que lo decodificás ya “se lee solo”. Y el gancho pasan a ser por un lado la acción, y por el otro los textos.
Hay que decir que, para ser una obra de un chico de 19 años, Floyd Farland está muy bien escrita. Es una especie de comedia de enredos con espionaje y conspiraciones, ambientada en un futuro distópico, con guiños a G. K. Chesterton y George Orwell. Ware encuentra la forma de que sucedan cosas bastante escabrosas, pero contadas de modo tal que parezcan livianas, casi cómicas. Los personajes están delineados con brocha gorda, no tienen demasiados matices, porque lo interesante está en la forma en que los vaivenes de la trama los van llevando a situaciones muy complejas. No quiero contar muchos detalles para que te sorprenda como me sorprendió a mí.
Y si bien el grafismo, algunas puestas en página y sobre todo la splash page que se manda cerca del final (con un bizarro tributo a la publicidad de los años ´50) muestran una sana intención de experimentar, de innovar, esta no es una obra revolucionaria desde lo formal como sí lo sería Acme Novelty Library. No es tradicional, se va al carajo por varios caminos distintos, pero no es ese “antes y después” que va a plantear Ware a partir de 1993.
La compañera Wikipedia me tira el dato de que hoy Ware no se hace cargo de Floyd Farland, que le parece un bochorno, una obra ingenua y muy de principiante. De hecho se dice que el autor suele comprar todos los ejemplares que encuentra para destruirlos. Bueno, maestro, se te escapó uno. Y cayó en mis manos. Y lo leí con mala leche, porque –ya lo conté varias veces- a mí Ware me parece un genio en cuanto al replanteo formal que propone en el armado de las páginas y las secuencias, me encanta su dibujo, pero sus historias me aburren, me parecen frías, reiterativas, no me transmiten la más mínima pasión. Siempre lo comparo con esos violeros prodigiosos onda Yngwie Malmsteen, que te devastan desde la técnica pero que a la hora de generar emociones resultan muy pecho frío. Esta vez, el virtuoso con un témpano en el tórax me enganchó con una historia muy interesante, con un conflicto atractivo, giros impredecibles, buenos textos y algún capricho medio bizarro, por qué no… Seguro que Floyd Farland no estuvo nominado para ningún premio ni vendió un choto ni le aportó demasiado capital simbólico a su joven autor. Pero es una historieta muy digna y, si conseguís este librito antes de que Chris Ware termine con su campaña para borrarlo de la faz de la Tierra, sospecho que te va a gustar, incluso si no sos fan de este celebrado ícono del comic contemporáneo.

miércoles, 25 de febrero de 2015

25/ 02: KINGSMAN: THE SECRET SERVICE

Ayer fui al cine después de muchos meses, a ver una peli que me llamaba la atención por ser una adaptación de un comic de Mark Millar y Dave Gibbons. Tengo el libro, pero todavía no lo leí, así que no sé si me va a gustar más o menos que la película. Por ahora, lo que tengo para opinar sobre Secret Service son estos 129 minutos dirigidos por Matthew Vaughn. Un dato curioso es que este muchacho ya gritó “¡acción!” en otras tres películas basadas en comics (Stardust, Kick-Ass y X-Men: First Class), de las cuales yo no vi ninguna.
Así, en bolas, sin haber leído nada, sin tener la menor idea del argumento que ideó Millar para el comic (seguramente especulando con que se podría convertir también en largometraje), Kingsman: TSS me gustó mucho. Me pareció un entretenimiento muy logrado, con mucho ritmo, mucha intensidad, con una mirada irónica muy bien puesta sobre las convenciones de las típicas películas de espías, y sobre todo con un excelente desarrollo del personaje principal, Eggsy, muy bien encarnado por Taron Egerton.
Por supuesto hay momentos en los que el guión (obra de Vaughn y Jane Goldman) se va un poquito al carajo y abandona toda pretensión de verosimilitud. Los excesos pochoclísticos tan propios de los blockbusters se imponen en algunos pasajes por sobre una atmósfera bastante realista, construída sobre todo a través de los diálogos. Ojo, no es que pasen cosas más fumadas que en una peli típica de James Bond o del Capitán América. Pero, en un contexto más “verídico” como el que plantea Kingsman:TSS, hace un poco más de ruido ver –por ejemplo- a 50 tipos cagando a tiros a uno sólo sin acertarle un mísero disparo. O a un pibe sin ningún tipo de entrenamiento aguantando casi un minuto abajo del agua. En fin, deslices habituales en este tipo de relatos basados en la acción incesante y espectacular.
Acá, además de tiroteos, peleas alucinantes y explosiones, hay una trama muy atractiva, con un villano muy carismático cuyo plan no tiene nada que envidiarle a los de los mejores films de James Bond. La conspiración que urde este excéntrico personaje va más allá de lo que uno sospecha al principio y mucho antes del final de la peli ya genera consecuencias muy grossas, de las que alteran radicalmente el desarrollo de la historia. Esto habla de lo impredecible del argumento, que es algo que hay que valorar. Y también está muy presente la mala leche típica de Mark Millar. No sólo las puteadas (que abundan como pocas veces), sino esa crueldad, ese humor negro, ese tinte maligno para mostrar desde un simple choque de autos a un intento de genocidio a nivel global.
Los diálogos, además de la superpoblación de puteadas, ofrecen pinceladas que sirven para delinear al menos dos conflictos de menor escala: el de los aristócratas acomodados vs. la gente humilde que subsiste con lo justo, y el de los ingleses protocolares y atildados vs. los yankis relajados y barderos. Esas son cositas que enriquecen mucho al guión, y andá a saber si están tan logradas en el comic.
Y, sin spoilear (porque capaz que alguno se decide a ir a ver Kingsman: TSS después de leer esto), hay una secuencia que no creo que esté en el comic (la de Eggsy al volante del auto robado a los muchachones del pub), y una que, si está, debe haber sido graficada y orquestada por Gibbons de un modo muy distinto a lo que nos muestra Vaughn: la de la detonación de los implantes que tienen en el cogote todos los que rosquearon con el villano. Ya me voy a enterar cómo se resuelve eso sin movimiento y sin música. En la pantalla grande, la resolución que ofrece Vaughn me pareció brillante, un contraste exquisito con lo tremendo de la escena.
En cuanto a las actuaciones, además de la de Taron Egerton destaco la de Colin Firth, a quien había oído nombrar pero no recordaba de otras películas (obviamente debido a mi escasa cultura cinematográfica). Y generalmente me encanta verlo actuar al maestro Samuel Jackson, pero acá me irritó con la manía de hablar zezeando, algo que no creo que Millar haya imaginado cuando creó al personaje de Richmond Valentine. Otro punto muy a favor de la película es que no tiene una historia de amor, si bien hay una chica de la misma edad de Eggsy que gana bastante protagonismo, interpretada por una hermosa Sophie Cookson, a quien tampoco conocía.
Kingsman: TSS ofrece rito iniciático, acción y espionaje en una muy buena historia que funciona como una especie de lado B de Wanted (el comic, la peli jamás la vi), esta vez centrada en el bando de los buenos. No la puedo comparar con otras adaptaciones al cine de las obras de Mark Millar, porque no vi ninguna. Pero para pasar un lindo rato, la recomiendo a full. Y prometo entrarle pronto a la historieta.

martes, 24 de febrero de 2015

24/ 02: BATU Vol.1

Allá por 2009, la editorial Sudamericana empezó a recopilar en libritos las tiras de Batu que Tute publicó durante varios años en la contratapa de La Nación, hasta que se cansó y volvió a los chistes de una sóla viñeta. Yo había leído algunas tiras, en forma esporádica, y la verdad que al leerlas así, en una dosis extra-large de 93 tiras, me gustaron mucho más.
Lo primero que hay que destacar es el dibujo. Acá vemos un Tute radicalmente distinto del que nos cruzamos allá por el 08/04/14 con El Amor es un Perro Verde. Acá hay cero dibujo a mano alzada, cero improvisación, cero desprolijidad. Este es el Tute “careta”, si se quiere, que cuida mucho las formas y que –sin renunciar a su sello personal- se encolumna detrás de los grandes maestros de las tiras cómicas protagonizadas por niños: Charles Schulz, Quino y Bill Watterson. A veces, cuando el guión lo justifica, Tute deja volar a su plumín y sorprende con unas texturas fantásticas, dignas de David B. o Joann Sfar, aunque siempre contenidas en una línea negra prolija, diáfana, muy pensada para ser coloreada con colores planos, casi siempre primarios.
Al contar con una tira doble, Tute no escatima esfuerzos y muchas veces nos regala entregas con ocho o nueve viñetas. Estas secuencias armadas con cuadros chiquitos en los que los dibujos apenas se modifican le permiten manipular perfectamente el tempo narrativo de las tiras, que se enriquecen con los silencios, las pausas, que impone el autor, y que acompañan a las logradas pantomimas de los personajes.
La temática elegida por Tute es la niñez, no tanto en contraste con el mundo adulto (si bien cada tanto se nutre también de ese elemento), sino más bien encarada como un inagotable patio de juegos, como un reino en el que lo imaginario se hace real con tan sólo un “dale que…”. Batu tiene reflexiones que cualquier chico de ocho o nueve años puede producir y, cada tanto, algún pensamiento más agudo, más pensado para descolocar al lector, que seguramente tiene más de nueve años. La relación entre Batu y Tútum (su perro) por momentos me hizo acordar a la de Ernestina y Fellini, aunque Tute nos propone más similitudes y menos distancia entre niño y mascota. Buena parte del tiempo Tútum es un chico más, con morfología canina pero con un rol que podría cumplir tranquilamente un hermano humano de Batu. Y el otro personaje secundario muy bien planteado por Tute es Boris, el gordito de anteojos, secuaz a pesar suyo de las travesuras de Batu, cuya falta de iniciativa (que debería resultarnos patética) muchas veces resulta conmovedora.
No es mucho más lo que puedo agregar sin ponerme a contar los chistes. Lo importante es que, al menos en estos primeros meses de serialización, Batu se planteó como una tira muy interesante, con muchos recursos humorísticos y gráficos muy bien plasmados y con la sana intención de actualizar para el Siglo XXI la tradición de las tiras protagonizadas por chicos. Con talento e imaginación, Tute encontró nuevas vueltas de tuerca a un tópico que ya parece muy gastado, muy transitado, y mientras duró ese impulso inicial Batu fue una magnífica tira, a la que vale la pena descubrir o redescubrir ahora que el autor dejó este formato para volver al chiste.

lunes, 23 de febrero de 2015

23/ 02: APACHE CONTRA REVOLVER

Tenía bastante abandonada a la historieta mexicana, pero entre este mes y el próximo vamos a tener bastante material de ese país acá en el blog. Para empezar, me tocó un libro muy raro, una historieta de apariencia clásica pero realizada en forma de experimento bizarro por el guionista (y periodista especializado, y a veces editor) Luis Gantus y el dibujante Sergio Tapia.
Apache Contra Revolver surgió como webcomic a fines de 2009, con una consigna muy loca: Tapia entregaba una página por semana de un western convencional, una aventura bastante genérica en la que un héroe y una heroína cabalgaban las planicies del Lejano Oeste en busca de… algo, y vivían peripecias, peleas y demás. Y después venía Gantus y le agregaba a las páginas una importante cantidad de texto… absolutamente en joda. Tanto los diálogos de los protagonistas como los del narrador (un personaje con un diseño magnífico, más cerca de Tales From The Crypt que de All-Star Western) están sobrecargados de chistes, juegos de palabras, doble sentido al borde de la guarangada, nombres delirantes y graciosos para las personas, los lugares y hasta los caballos… y todo escrito con los informalismos y localismos de México, lo cual lo hace muy arduo de leer si no manejás esa jerga.
Este detalle para nada menor convierte a los diálogos festivos y zarpados de Gantus en un laberinto del terror del cual es muy difícil salir. Si fueran ocho páginas, o diez, se banca. Pero en 72 páginas, tanto texto cargado de chistes de los cuales más de la mitad sólo se entienden si sos mexicano, es un poquito heavy. El argumento, sin embargo, se hace divertido, las peripecias están buenas, el ritmo es siempre intenso… pero llega un punto en que todo ese volúmen de texto se hace inviable.
Me imagino que el lector mexicano, que entiende todos los chistes, se debe cagar de risa. Sobre todo leyendo esto de a una página por semana. Y supongo que cuando entendés todos los chistes se debe disfrutar más ese contraste entre un dibujo serio, que intenta contarnos una aventura clásica, y unos diálogos pasados de rosca en los que los personajes –entre otros disparates- rompen la cuarta pared para hablar de los autores y de los lectores.
Hay que agregar un dato importante y es que el dibujo de Tapia está muy bien, es muy correcto. Me hizo acordar bastante a los mejores trabajos del maestro Roberto Goiriz. Lo mejor que tiene es el equilibrio entre blancos y negros y los primeros planos, que están muy logrados, siempre repletos de expresión. Sobre el final hay algunos fondos que son fotos apenas retocadas (una pena) y a lo largo de todo el libro, un detalle extraño: hay unas cinco o seis imágenes de diligencias típicas del far west demasiado bien dibujadas, en un estilo más elegante, más puntilloso, más realista que el resto de la historieta. Todas estas viñetas son apaisadas y están resueltas con un trazo más fino. Sospecho que son viñetas que Tapia había dibujado con anterioridad, para algún otro proyecto, y que las re-utilizó para Apache Contra Revolver. El resto muy bien. Se nota que Tapia está curtido en las lides de los “sensacionales” (pequeñas revistas apuntadas a los sectores populares, con historietas bien de género, siempre condimentadas con una pizca de erotismo bastante poco sutil) y que ni la ambientación ni el ritmo del western le son extraños.
Me encanta que, además de las obras con las que pagan las expensas, los historietistas se embarquen en proyectos limados para subir a la web, en los que pueden jugar a cualquier cosa sin ninguna restricción. Por eso banco a Gantus y Tapia, aunque por momentos Apache Contra Revolver me haya resultado casi imposible de descifrar. Si sos mexicano, obviamente te lo recomiendo a full. Y si no, difícilmente lo puedas conseguir, así que está todo bien…

domingo, 22 de febrero de 2015

22/ 02: PROMETHEA Vol.1

Hace más de 15 años, cuando salió Promethea, empecé a coleccionar las revistitas y a leerlas cada vez que salían, pero nunca llegué hasta el final. Habré leído… la mitad, en una de esas. Así que en algún momento las hice guita y me pasé a los TPBs. Ahora estoy en eso, tratando de juntar los seis libros en los que está recopilada esta obra maestra de Alan Moore y J.H. Williams III, quizás la que más me cebaba cuando America´s Best Comics era una novedad.
Si hace ya unos años que leés comics, y más todavía si te gusta leer crítica de comics, lo más probable es que ya hayas oído hablar de Promethea, o ya hayas leído uno o varios textos acerca de esta serie, de la que –con toda justicia- se ha escrito bastante. En ese caso, lo que pueda aportar yo difícilmente te sume algo. Pero bueno, con intentarlo no pierdo nada.
Promethea es una especie de choque alucinante entre una serie “conceptual” al estilo Sandman, y una serie clásicamente superheroica. Como en la obra maestra de Gaiman, acá hay una idea 100% nueva, un concepto que abre infinitas posibilidades: la Inmateria, el reino de la imaginación. ¿Qué es esto? Moore nos va a invitar a explorarlo a lo largo de la serie. ¿Cómo engancha esto con la temática superheroica? A través de un linaje de heroínas, todas llamadas Promethea, que desde el antiguo Egipto protegen a este reino y viven aventuras en el mundo real, donde se convierten en avatares de mujeres reales, con una conexión especial con el arte y la creatividad.
Si bien la historia arranca con la aparición de una nueva Promethea (la adolescente newyorkina Sophie Bangs), la saga le guardará buenas dosis de protagonismo a las Prometheas anteriores, bien en la línea de los “legacy heroes”, ese concepto llevado a su máxima expresión por el Starman de James Robinson. En el contexto global de la serie, y por lo que me acuerdo por haber leído hace mil años las revistitas, las amenazas con las que se enfrenta Sophie son bastante menores: recién para el final de este primer tomo se empieza a esbozar mínimamente el conflicto grosso entre las distintas Prometheas y lo que podríamos llamar “los malos” de esta historia.
En este primer tramo, lo más notable es cómo el Mago nos presenta las ideas que van a explotar a lo largo de la serie, los mundos en los que va a ambientar las historias (una New York futurista y las dimensiones intangibles que componen los distintos espectros de la existencia), y los personajes: Sophie, su amiga Stacia y las Prometheas anteriores están perfectamente delineadas por Moore, con unos diálogos brillantes y sobre todo con muchísima humanidad. Le falta un toquecito a la aventura, y es bastante lógico, porque el primer tomo se centra mucho en la presentación de los elementos que enumeraba recién: las ideas, los mundos y los personajes. Y cómo las distintas Prometheas se vinculan con las distintas épocas históricas y tienen una impronta propia, que depende del medio en el que se dieron a conocer (tradición oral, literatura, historieta, etc.). Pero más adelante la aventura se pone más intensa, y las ideas más locas, más ambiciosas, más originales si es que eso resulta posible.
Con tanta fuerza como las ideas de Moore, en Promethea explota el dibujo de J.H. Williams. Hasta acá, el dibujante tenía una carrera muy interesante, siempre en proyectos chiquitos: números unitarios, algún prestige, algún annual, una serie efímera y marginal como fue Chase… Era una especie de secreto bien guardado. Y acá se va todo a la mierda. Acá se produce una simbiosis entre los delirios de Moore y los delirios de Williams que los eleva a ambos a un nuevo nivel de genialidad y convierte a Promethea en una serie visualmente única y fundacional. Después de esto, varios autores tratarán en algún momento (y con distintos grados de éxito) hacer la Gran Promethea. ¿En qué consiste? En replantear la puesta en página como nunca antes se había replanteado, para convertir la espacialidad en una dimensión compleja, mitad poética/mitad lúdica, en la que nada se parece a lo de siempre. A esto hay que sumarle la gran solvencia de Williams para el dibujo realista, su amplio registro en materia de expresiones faciales, su laburo monumental en los fondos y –lo más difícil- la creatividad, la imaginación para bancar la faz gráfica de una serie en la que lo mágico, lo onírico y lo épico van al extremo.
Alguna vez alguien definió a la historieta con la ingeniosa frase “la imaginación al cuadrado”, obviamente aludiendo al formato cuadrado de las viñetas tradicionales. En Promethea, Alan Moore y J.H. Williams elevaron la imaginación al cubo, le agregaron una dimensión más y contaron –bajo la fachada de un comic de superhéroes- una historia compleja y fascinante que nunca es tarde para descubrir.

sábado, 21 de febrero de 2015

21/ 02: 21 EXPERIMENTOS CORTITOS

Cualquier libro que reúna 21 historias cortas de un mismo autor resulta -a priori- atractivo, porque seguro que en 21 historias vas a ver distintas técnicas gráficas, distintas formas de pensar la puesta en página, o distintas temáticas. Y seguro que, entre 21 relatos, algún buen guión se tiene que colar. Ahora, cuando ves que el libro tiene sólo 56 páginas de historieta para repartir entre 21 historias, empezás a rezar para que se trate de un autor que entienda el formato, que sepa jugar en espacios reducidos y plantear ideas atractivas en muy pocas viñetas. Por suerte, Aleta Vidal (con quien ya nos cruzamos el 13/06/14) trabaja con muchísimo criterio el formato de la historieta cortísima y ofrece algunas joyitas breves, mezcladas con otras ideas que –en tan poco espacio- no terminan de cuajar, o apenas llegan a esbozarse.
Lo de las distintas temáticas se ve clarísimo: las cuatro primeras historias tienen que ver con hadas, brujas, vampiros y zombies, temas en los que Aleta se mueve con mucha soltura, porque le dan la posibilidad de jugar con convenciones de un género que los lectores nos sabemos de memoria. Ahí alcanza con meter un giro, un elemento imprevisto, y ya está, ya tenés una linda historia de tres o cuatro páginas.
Después vienen historias brevísimas, de una o dos viñetas, cositas muy cortas, de una sola página, como la exquisita (y autobiográfica) Durmiendo a Benjamín. Las hadas y los elfos vuelven en la atractiva El Viaje, donde Aleta juega con la puesta en página y la composición. Y dos muy extrañas: Alicia y el Conejo y Caperucita y los Lobos, en las que Aleta y sus dos co-guionistas (sí, hay tres guionistas para una historieta de tres páginas) juegan a mezclar elementos de los famosos cuentos con la vida real, en un cóctel surrealista, bastante extraño.
La mejor historia, lejos, es La Nietita, escrita por Valentina Vidal, una de las hermanas de Aleta. Por la calidad y la cantidad de los textos, pareciera tratarse de un cuento al que Aleta le agregó imágenes para convertirla en una historieta, ganchera y perturbadora como pocas. Y la verdad que le salió muy bien. De las historias más “románticas”, me gustó bastante De Idas y Vueltas. Y por supuesto la impactante Diez Años De…, ambas escritas por Hernán Carreras.
De todos modos, lo más interesante del libro es el dibujo de Aleta. O en realidad LOS dibujos, porque a lo largo de estas páginas la vemos jugar, siempre dentro de un estilo con base realista, en varios registros distintos, y probar un montón de variantes, tanto en el grafismo como en el tratamiento del color. A veces opta por una impronta más pictórica, más similar a la de Benjamin (el chino, no el hijo de Aleta), y a veces se vuelca hacia una estética más básica, con colores planos y texturas aplicadas en el photoshop. Pero hay muchas exploraciones, muchas búsquedas, y sería arduo enumerar todas las variantes técnicas y estéticas que ensaya Aleta en estas historias.
Lo importante es notar cómo la autora se divierte, cómo disfruta en este juego que consiste en probar cosas raras, tanto en las historias como en la forma de plasmarlas gráficamente. Lo más flojo, algunos signos de puntuación que en algunas historias no están o están mal puestos. El balance general, sin embargo, es muy positivo: si bien no hay un relato complejo, con ambiciones tanto en el armado de la trama como en el desarrollo de personajes, hay unas cuantas buenas ideas y sobre todo, muchas excusas para que Vidal despliegue todo lo que sabe hacer en materia de puesta en página, climas, dibujo de figura humana, expresiones faciales y técnicas de color. Como en todos estos rubros el trabajo es sobresaliente, me animo a recomendarle enfáticamente este libro a los que ya son fans de Aleta Vidal y a los que todavía no descubrieron a esta interesantísima exponente de la historieta argentina actual.

viernes, 20 de febrero de 2015

20/ 02: BLACKSAD Vol.5

Desde la primera viñeta hasta la última, este no es un álbum de Blacksad, sino de Chad, el león novelista. Con él empieza la historia, con él termina, e incluso la imagen de la contratapa nos lo muestra sólo a él. Esta vez, el talento de Juan Díaz Canales consistió en escribir un guión en el que John Blacksad fuera un personaje secundario, pero de modo no tan obvio, como para que el lector desprevenido no lo note demasiado.
Y sí, le salió muy bien. Hay una sóla casualidad medio forzada, que es la forma en que Blacksad consigue el cadillac para salir de New Orleans. Después, la historia del detective y la del escritor se entrelazan en forma muy armónica, en un guión trepidante que ofrece vueltas de tuerca impredecibles incluso cuando faltan apenas dos páginas para el final. No te digo que sin Blacksad la trama se podía desarrollar de la misma manera, porque sería una exageración grosera. Pero me queda claro que la historia principal, la que más le interesa contar a Díaz Canales, es la del atormentado Chad; esa novela que por una cosa u otra nunca termina, esa pulsión aventurera que lo lleva a meterse en un brete atrás de otro y que termina por convertirse en el verdadero motor de esta historia.
En el medio, atravesando tanto el periplo de Blacksad como el de Chad, hay otros dos personajes muy interesantes, muy bien trabajados por Díaz Canales: el carismático chanta Neal Beato y la enigmática y bella Luanne. Como en toda road movie, esta acumula personajes circunstanciales que se cruzan con los protagonistas en distintos puntos de sus respectivos viajes. Algunos amagan a ser villanos importantes y se quedan ahí, otros crecen en estos roles antagónicos y finalmente el principal enemigo a vencer (además de la fatalidad, eterna compañera de ruta de nuestro felino favorito) termina por ser un personaje al que ya nos cruzamos en un tomo anterior, que es algo que no sé si hacía falta.
El resultado es una lectura realmente apasionante, muy entretenida, quizás menos visceral, menos violenta, menos hot que las entregas anteriores, pero no por eso menos lograda. Como siempre, Díaz Canales propone diálogos muy afilados y le saca un jugo inmejorable a la decisión de ambientar las historias en los EEUU de los años ´50. Así que si venís enganchado con Blacksad, lo más probable es que sientas que la larga espera entre el tomo anterior y este valió mucho la pena y pongas a Amarillo entre las mejores aventuras de la saga.
Y claro, también habrá fans de Blacksad que ni se molestan en leer los guiones, porque se compran los libros para alucinar con los dibujos (¿qué digo “dibujos”? ¡Recontra-dibujazos!) de Juanjo Guarnido, el creador de la ya muy imitada estética de esta serie. No sé si este es el mejor trabajo de Guarnido. En una de esas, no. Pero está intacta la jerarquía, la decisión de crear un mundo asombroso y a la vez muy real, de maravillarnos con cada fondo, cada expresión facial, cada diseño de cada personaje. Esto último me parece lo más notable. Me fascina ver cómo los personajes de Guarnido ganan cada vez más expresividad, cómo en una escena se los ve perfectamente adecuados a una situación de comedia y en la siguiente resuelven con éxito situaciones tremendamente dramáticas. Todo eso sirve para resaltar la gran versatilidad de este artista, que además no falla nunca a la hora de poner su exquisitas imágenes al servicio del relato.
A esta altura, Blacksad está como más allá de la crítica. Ya cualquiera puede salir a decir cualquier cosa sobre esta serie y nada va a ser suficiente para quitarle o mancharle la chapa de Clásico Contemporáneo. Estos son libros que hay que comprar el día que los ves, sin dudar, sin preguntar si están buenos, si continúan, si son caros o baratos. Díaz Canales y Guarnido lograron darle al comic europeo actual un nuevo (y esperemos que longevo) ícono, pensado para convocar a un público muy amplio, muy diverso, pero sin resignar calidad ni complejidad, sin bajarse nunca los pantalones ni apelar al mínimo denominador común. “And for that, we thank you”, diría Daniel Tosh, el genio del Mal.

jueves, 19 de febrero de 2015

19/ 02: BATMAN: THE MAN WHO LAUGHS

Este TPB recopila un librito prestige de 64 páginas y una saga publicada en tres episodios de Detective Comics, todo escrito por Ed Brubaker, cuya temporada al frente de la revista Batman ya evaluamos en otras reseñas, allá por principios de 2011. El prestige titulado The Man Who Laughs tuvo muy buenas críticas, y además soy bastante fan de Doug Mahnke, el dibujante; por eso me compré este libro, aunque lo de Brubaker en Batman no me había terminado de cerrar, y a pesar de mi minoritaria cruzada contra el ya insostenible Bruce Wayne.
La consigna de The Man Who Laughs es un disparate: se trata de contarnos el primer combate entre Batman y el Joker. ¿Está mal? No, está bien. Pero ya lo habían hecho Denny O´Neil y Brett Blevins en el n° 50 de Legends of the Dark Knight. De hecho, esta historia se pisa con varios episodios “canónicos” de la recordada LOTDK. ¿Hacía falta recontar la primera lucha Batman y el Joker? No creo. ¿Y contar de otra forma la primera aparición de la bati-señal? Menos todavía. Lo cual no quiere decir que The Man Who Laughs sea una mala historia, o que Brubaker se haya tirado a chanta en el desarrollo de esta idea de escasísima originalidad.
Acá hay una excelente caracterización del Joker, una dignísima intención de recrear la dinámica entre Batman y Gordon que imaginó Frank Miller en el glorioso Year One, diálogos y bloques de texto muy bien escritos y –lo que a mí más me atrapó- un equilibrio muy logrado entre un relato más aventurero, más centrado en la machaca, y un relato más detectivesco, en el que lo más importante es la investigación y el análisis de las pistas que Batman y/o la cana van encontrando. Por eso, aunque el argumento me pareció sumamente reiterativo, pude disfrutar del guión. Del “cómo pasa” por sobre el “qué pasa”. Lo único flojelli son las volteretas medio inverosímiles que pega Batman para proteger el secreto de su doble identidad, pero bue… hay que fumárselas.
También ayuda mucho el dibujo de Mahnke, que está muy bien. Su Gotham es ominosa, su Arkham Asylum es inquietante, su Joker es perturbador y en las escenas de acción conserva una sobriedad muy bienvenida. La única cagada es que no dibuja lenguas. Sí, el mejor dibujante de lenguas del mundo no dibuja una puta lengua en 64 páginas. Tener a Mahnke en un comic en el que no hay lenguas es como tener a Milo Manara en un comic sin minas, o a Rudy Nebres en un comic sin panteras. Un desperdicio absoluto, sin pies ni cabeza.
¿Y qué onda la otra historia, la que aparece como complemento, para rellenar un poco el TPB y que no sea una mera reedición del prestige? La verdad que está muy buena. Acá Brubaker hace algo que a nadie se le ocurrió hacer en la época clásica de Legends of the Dark Knight: un team-up entre Batman y el justiciero más grosso que defendió a Gotham en los ´40 y ´50, nada menos que Alan Scott. Por primera vez, ambos héroes unen fuerzas para resolver una serie de crímenes que se había iniciado en 1948 y que el Green Lantern original no había podido resolver en su momento. La forma en que la amenaza de 1948 se manifiesta en 2003 es medio… discutible y, al encarar la historia más para el lado detectivesco, hay muchas escenas en las que Scott queda medio pintado al óleo. Pero a pesar de eso la trama está muy bien, es ganchera, no está estirada ni apretada, incluye revelaciones grossas, dilemas morales complicados… muy entretenida y bastante profunda, incluso. De nuevo, Brubaker trabaja muy bien al personaje de Gordon y me sorprendió con su manejo de Alan Scott, un héroe que va para un lado muy distinto del que le gusta explorar al guionista.
El dibujo de estos tres episodios está a cargo de Patrick Zircher, un obrero del lápiz sin nada para destacar, ni positivo ni negativo. Es un dibujante cumplidor, correcto, de la parte del medio del montón, que por momentos parece una cruza no muy lograda entre Eduardo Barreto y Paul Gulacy. No es brillante, no es original, tiene menos sorpresa que un Kinder, pero podría ser infinitamente peor.
Se supone que el anzuelo para que piquen las masas son Batman y el Joker. Pero si te gusta Ed Brubaker, acá lo vas a encontrar en un muy buen nivel, piloteando con mucho decoro dos reencuentros con un personaje que no le había resultado tan fácil escribir durante su paso por la serie regular. Si sos fan de Doug Mahnke, también te esperan 64 páginas muy atractivas. Y si seguís incondicionalmente a Alan Scott, acá hay una aventura que pocos de sus fans saben que existe y que está muy bien. No es un TPB de primera necesidad, pero se la re-banca.